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jueves, 5 de agosto de 2010

Ojo** nos atacan los terricolas!!!

Tenía toda la razón él, estaban siendo atacados por los terrícolas, no era una disfunción mental, ni una paranoia extraña, ni una tibia sensacion, no, estaba siendo atacado por los terrícolas.
Hoy el hambre, la miseria, la ausencia de educación, las sobradas muestras de desprecio, la corrupción que les ha robado toda posibilidad de inserción en la sociedad y que les roba todos los días su dignidad, corporizadas en esos pequeños cuerpitos armados, que fríamente te asesinan por dos pesos no son una sensacion, como tampoco son una sensacion esa persecución policial ( no de todos pero si de esos policías enfermos y corruptos) hacia cualquier joven que les moleste tampoco es ninguna sensaciòn, esto ocurre a diario, y muchos están como rehenes en el medio, de un lado y del otro. Hay por un lado parciales sectores de la sociedad, que no degluten que lo que a ellos les sobra y para otros es la comida que haría la diferencia es el resultado de políticas que nos han llevado a estas diferencias atroces en un país donde si vemos todo el capital económico que hay, no debiera pasar. Pero pasa, y pasa por la enorme corrupción que tenemos, hemos tenido y seguiremos teniendo si no se produce un cambio definitivo. Pasa por esas mentalidades feudales, de los señores feudales y de las vìctimas que los aceptan como son. Pasa por los que deciden mirar para otro lado y jamas se compromenten. Finalmente la impotencia crece, y luego nos extrañamos cuando vemos enfermos sádicos .....claro que tenia razón el pibe...lo estaban atacando los terrícolas!!!!

picamiel

de agencia PELOTA DE TRAPO:
(APe).- Hace muchos años en un artículo titulado “Apaches” Rafael Barret se asombraba de que habiendo multiplicado la tentación y facilitado las venganzas, habiendo mezclado las desesperaciones con las harturas, todavía hubiera gente que se quejara del aumento de la criminalidad.

El artículo se cerraba con una exhortación a los eternos reformadores de códigos: “¡Oh doctores! ¿No comprendéis que los criminales son vuestros propios pensamientos hechos carne y puñal? ¿No comprendéis que el ladrón y el asesino -débiles médiums del crimen de todos- ejecutan vuestros designios mudos? ¿Queréis que no se robe, que no se mate? Pues bien, cerrad vuestros códigos y no codiciéis, no odiéis. Es muy sencillo: sed perfectos. El mundo os imitará silenciosamente”.

Barret murió en 1910 a los 34 años. Un siglo más tarde todavía no hemos sabido entender lo que nos dijo y todavía nos parece natural que haya “doctores”, periodistas, médicos, psicoanalistas, políticos y sectores enteros de la sociedad que crean que el crimen se combate con más castigo y la llamada criminalidad precoz con escarmientos cada vez más precoces.

Cuando en la crónica policial aparecen implicados menores, como en los casos que se ventilan todos los días, evitamos enfocar la mirada sobre los adultos que los reclutan y mandan a matar y morir por monedas. Tal vez no queremos verlos porque, se trate de policías o civiles, se parecen demasiado a nosotros.

Los policías de la federal que hace un par de semanas levantaron a un grupo de pibes en la vereda del Alto Palermo y los torturaron haciéndoles pasar electricidad por el cuerpo, sin uniforme y tomando café en un bar se confundirían con cualquiera de nosotros. Tal vez lleven sus hijos a las mismas escuelas que van los nuestros y compren su comida en los mismos supermercados. Tal vez tengan los mismos sueños y pesadillas que la gente que se dopa con las telenovelas de las nueve de la noche y alcanza casi la sobredosis de estupidez con los gritos de Tinelli.

Los pibes, en cambio, los apaches, diría Barret, son inconfundibles. La distancia que nos separa de ellos es casi insalvable. Comienza con la edad, sigue en la ropa y se concreta en las palabras y los hechos. Como si fuéramos habitantes de distintas galaxias nos miramos sin poder entendernos.

Una vez un pibe de El Jagüel me dijo:
Yo no hacía nada. Estaba sentado en la vereda con un amigo, de golpe llegaron los terrícolas bajaron de la nave y me llevaron.
¿Qué terrícolas?
La poli, dijo. Ustedes.

Tenía razón. Desde su vereda él era el apache, el descolocado, el extraterrestre y nosotros, los dueños del planeta, aunque vivamos del otro lado de la calle y soñemos las mismas pesadillas.
Por Miguel A. Semán




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