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domingo, 26 de octubre de 2008

El ojo y el dedo

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El Arte podria hacernos comprender cosas que ignoramos
pero que nuestro interior habia ya captado.
Por eso le tendràn miedo algunos??
picamiel

Es indiscutible que el contenido de todos los momentos de la lógica artística o, más aún, que el ajuste de las obras de arte es lo que se puede llamar su forma. Sorprende lo poco que la estética ha reflejado esta categoría y hasta qué punto se la ha considerado como algo dado, sin problemas, al constituir lo diferencial del arte. La dificultad de llegar a ella con seguridad está condicionada por lo entrelazada que está cualquier forma estética con el contenido; no sólo hay que pensarla como contrapropuesta al contenido, sino precisamente por medio y a través de él, si es que no se la quiere sacrificar a ese abstraccionismo por el que la estética suele aliarse con el arte reaccionario. Asemás, el concepto de forma hasta Valéry, ha constituido el punto ciego de la estética porque todo arte está tan orientado hacia él que lo hace reacio a aceptar su aislamiento como momento singular. Aunque el arte no podría ser definido por ningún otro de sus momentos, tampoco se lo puede identificar sencillamente con la forma. Cada momento artístico puede negarse a sí mismo en ella; incluso la unidad estética, la idea de la forma, que en definitiva posibilitó la obra de arte como totalidad y autonomía. En las obras modernas muy desarrolladas la forma tiende a disociar su unidad bien en favor de la expresión, bien como crítica de la esencia afirmativa. La presencia de las formas abiertas ya se había dado mucho antes de la omnipresente crisis contemporánea. En Mozart hizo sus pruebas una clase de unidad que jugaba precisamente con la relación de la unidad. Yuxtaponiendo elementos relativamente disociados y llenos de contrastes hace sus malabarismos este compositor en el que, ante todo, se alaba la seguridad de la forma, siendo él mismo un virtuoso de su concepto. Tal confianza tenía en la fuerza formal que por así decir dejaba sueltas las riendas y desde la misma seguridad de la construcción dejaba paso a las tendencias centrífugas. En la vieja herencia tradicional la idea de la unidad como forma es tan inconmovible que puede soportar las mayores cargas mientras que en Beethoven, en quien la unidad ha perdido ya su sustancialidad por los ataques nominalistas, la tendencia hacia ella es mucho más rígida: es la que, a priori, está dando forma a lo múltiple y lo liga fuertemente con mayor triunfalismo. Hoy los artistas desearían resucitar esa unidad, pero señalando que las obras que se cree abiertas e inacabadas respecto de la planificación, necesariamente ganan algo así como una nueva unidad. Por lo general la teoría empareja forma con simetría, con repetición. No es necesario discutir que si se quiere explicar el concepto de forma por invariantes, se presentarían por un lado la igualdad y la repetición, pero también aparecerían sus contrarios, desigualdad, contraste, desarrollo. Pero con el establecimiento de tales categorías habríamos conseguido poco. Los análisis musicales nos conducen al hecho de que aún en las obras más sueltas y más enemigas de la repetición existen ciertas semejanzas, algunas partes se corresponden con otras en ciertas características y sólo por la relación de tal identidad se puede realizar la pretendida falta de identidad; sin ningún tipo de igualdad el caos sería una constante. Pero lo que supera decididamente cualquier constancia invariante es la diferencia que hay entre la relación manifiesta, ordenada desde fuera y sin mediación de factores específicos, y la inevitable determinación de lo desigual por un resto de igualdad. Un concepto de forma que por simetría con lo invariable prescinda de lo anterior, no está muy lejos de esa brutal fraseología que, en alemán, no se espanta de la expresión «plenificado en su forma» (formovollendet). Como la estética siempre presupone el concepto de forma, su centro, en el hecho del arte, necesita de todo su esfuerzo para llegar a pensarlo. Si no quiere enredarse en tautologías ha de orientarse hacia aquello que no es inmanente al concepto de forma aun sabiendo que ese concepto, estéticamente, no quiere decir nada fuera de sí mismo.

Forma Extraído del libro "Teoría Estética" Editado por Taurus, 1971

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